El abrazo de la Duende
Isla Negra 2002
Hubo una larga época que Sebastian estuvo adormecido en la madriguera de una duende, cuyas magias se alzaron oscuras y poco frecuentes. Le descubrió, como quien se maravillaba asomado al socavón de una araña, y quedaba extasiado en el entorno de decorados, y la mirada milenaria que subía de ella. El resto del mundo estaba conectado, y ella se jactaba de permanecer al margen, como una pequeña muñeca de porcelana que hubiera preferido encerrarse en su cuarto de juegos el resto de la eternidad. A su parecer, tendría que recorrer la mitad del planeta para encontrar una mujer parecida. María era regordeta y blanquecina como una cebolla, y sus rasgos se mantenían frescos, rozagantes, sin las risas que explotaban en las caras, ni los anillos que se juntaban en las miradas. Posaba la contemplación algunos minutos y descubría las facciones de veterana redondeada, apenas alzándose sobre el borde de los muebles. Entonces, alcanzaba a distinguir la niña permanente que flotaba en ella. Como si el tiempo no le tuviera entre los súbditos, parecía tolerar el envoltorio razonable para circular por las sombras, con la fórmula propia que seguía el curso de la mínima resistencia. María se negaba a salir del apartamento durante el día, y comentaba sentirse a salvo de toda necesidad, pues podía cumplir las obligaciones de la vida diaria, en los negocios de cierre tardío. Veranos e inviernos se le veía saliendo a las horas de la tarde, enfundada en sus abrigos ocres combinados con pequeños sombreros de colores, como un alma de patitas cortas buscando pasar imperceptible por los hilos de la media-luz. Por obra de una singular filosofía, era seria en aseverar que le repelían las infancias. Una observación de cierta atención le podía revelar viajando a mayor velocidad, solo para evitar un cruce accidental con las señoras de los críos. Ellos seguramente sabían que había perdido la mayoría del pelo, y que adelantaba los sobrantes, arremolinándolos a la manera de una testa normal. Obligada a los besos de rigor, eran los infantes quienes rompían a llorar con rigurosa generosidad. Entonces, en los ojos de María flotaba una brillante mirada, que a poco de clavarla producía una singular alteración en los comportamientos. Sebastian llevaba casi dos años de residencia en aquel tugurio, y lo que alcanzaba a conocer de María, sólo eran las habladurías que rebotaban por allí. Alguna pobre conversación en el ascensor, siempre a punto de atascarse, un comentario al pasar, entre esos seres publicitarios que se llamaban señoras del barrio. El edificio de residencia, un viejo y podrido buque de alguna época de desarrollos, instalado a la fuerza en una zona céntrica y cosmopolita, era solo una verdadera cordillera de escombros albergando una multitud desconocida, una extraña gente que sólo elevaba la voz para avisar de ratones corriendo por los pasillos. No era ninguna sorpresa para quien se preciara de haber dormido dos noches allí, y se trataba de un aspecto tan normal como las paredes descascaradas o los focos quemados por doquier. A dos cuadras estaba el parque que permitía sueños calmos a los cesantes, y todavía entregaba sosiego a cuantos atormentados sentían que la modernidad les pisaba los dedos chicos de los pies. Era el laberinto de corriente tránsito, para quienes pretendían conservar la individualidad, ante los embates monstruosos de la licuadora menta de la modernidad. Atravesando el río, se abría por fin la franja extensa que atrincheraba por las noches a los artistas, a los filósofos, y todo aquel pueblo clandestino de gladiadores desconocidos, que hurgaban todavía en la cueva de la civilización el diamante fresco que se llamaba libertad. En las mesas de trasnoche, el recodo de clientes con apodos raros, Sebastian buscaba ahogar el doloroso incidente que, como una espina clavada en los órganos, se revolvía de manera cotidiana. Aquello que se hacía notar con toda su violenta quietud, en los momentos mas inesperados. La vida placentera que un día difícil le había sacado de una plumada, como a quien una mano portentosa le arrancara el brazo de cuajo. Si hubiese estado en sus manos calcular, en el contexto de días que luego completarían los meses y los años, la pena dulce que se instaló en el lugar en que se ubican los sentimientos, habrían sido diferentes muchas de las conductas que adoptó desde entonces. Fue ese ambiente desaseado y grasiento, aquella cueva nauseabunda de aceites quemados, en que María se deslizaba como una pelota pálida, el lugar monstruoso que aceptó para la espera. Se llegó a sumergir en el fondo de varios años, la época que pudo tener las llaves de un hogar propio, lleno de luz y objetos agradables, donde creyó tener la vida soñada de la mano de una buena mujer. Se trataba por aquellos días, del convencimiento entero, en cada discusión incluso, que había logrado la entrada al sendero de las existencias amables. Su mujer señalaba en cada gesto, que estaba armado entre ellos el puente que fusionaba sus vidas. La más hermosa Colombiana, de cuantas habían trabajado en el periódico, la que había transformado el concepto de diseños, tan hondamente arraigado entre los dueños, se coludía en el propósito de hacerse amables los días, en una decisión que se había dicho inquebrantable. Sus inquietudes eran el deleite de un compañero enamorado, como él sinceramente se declaraba. Ellas tendrían, en definitiva, la responsabilidad de llevarles a las mantecosas puertas de María. La afición de su mujer por conocer oráculos novedosos, consentida por él con un entusiasmo lleno de ingenuidad, hizo de las visitas a casa de la enana un acto continuo, que le llenaría de motivaciones. También se sentiría llano en dar ciertas rondas por sus dominios, a sabiendas que sería allí donde encontraría a su mujer, tras una jornada pesada. Entonces era que daban por terminadas sus conversaciones, y completaban la velada con ponches originales, que María decía preparar para acrecentar la amistad. No fue sino hasta la tercera semana de comenzadas sus reuniones, que dio con la sorpresa de constatar, que ella le había abandonado. Una carta con membrete del periódico, escrita en una letra pulcra de profesional del diseño, daba los suficientes argumentos, de una nueva dirección descubierta para su vida. Sus líneas trasuntaban modos perentorios, que no dejaban lugar a dudas, y declaraban el encuentro de un renovado optimismo, en una faceta que le llevaría a tierras lejanas, tras sus inflamadas expectativas. En la precisión de los dichos, quedaba establecido, que él no estaba incluido. Luego del tránsito odioso en que cayó, luego del reflejo de animal en que rompió, cuanto de bultos y recuerdos se pusieron por delante, luego que las fuerzas comenzaron a faltar, a cuenta de la destrucción que llevó a cabo, de cuanto pequeño detalle les uniera, luego de quizás pasar si diez días tumbado por los suelos, con la sola valentía de descorchar las varias botellas que se jactaba de acumular, tuvo la suficiente pericia de alcanzar las puertas malolientes de María. Largo fue el delirio en el cubículo blando de las borracheras, donde la cabeza se volvía un enjambre de velocidades irracionales, y donde podía repetir línea tras línea, y palabra tras palabra, el manuscrito que le sentenciaba a la soledad. La Enana María invitó a sentarse con la misma trivialidad de los que están en la profundidad de sus intereses, y dio muestras de mirar desde la distancia, el holocausto en que se encontraba sumido. ¡Obra tuya! -le repitió de modo enfermizo con la cabeza hundida entre las manos. Volvería a aparecer cada día, por aquel rincón cochino, y seguiría llorando, mientras la enana iba a la cocina cada vez, y surgía con sus sopas aguachentas y sus tés enrarecidos. Mientras Sebastian repetía enceguecido sus lamentos, Maria volvía al asiento en que las regordetas piernas le colgaban, y continuaba su tejido. Hubo veces que la letanía le perdía sobre el tiempo que transcurría, y levantando los ojos le podía escuchar ronquidos satisfechos, en un sueño a lejana distancia. Se encontraba sumido en sus habituales quejidos, y la cuchara de sopa se encontraba a mitad de camino, cuando todo pareció cambiar. Ambas palmas golpeaban los brazos del sillón, de su garganta surgía una voz áspera, y como si sus ojos hubiesen sido atravesados por un fuego negro, miraba como Sebastian no le había visto a nadie. -¡Basta, basta, llorón flagelante! ¡Basta de una vez! ¡Tu miseria no es responsabilidad mía! ¡Ten respeto por las cartas! ¡Faltaba más, llorón mediocre! ¡Pero qué maldito te has creído que eres, pendejo insolente e ignorante, clavando tus uñas en las cosas que no conoces! ¡Por favor, ten un poco de humildad! ¡No puede haber llegado a ese nivel tu mediocridad, hombre pusilánime y elemental! ¡No he tenido más injerencia en estas cosas, que abrir las puertas de mi casa! ¡Oyes bien! ¡Mi privada casa! ¡Han sido ustedes, quienes han roto mi tranquilidad! ¿Y yo, qué he hecho? ¡Abrirlas de par en par, amistosamente, para desentrañar el misterio, que tenía su propio incubamiento! ¡Tu mujer vino a estos sillones porque debía decidir, y solicitaba comprensión! ¡Pidió respuesta en las cartas, porque creía en sus secretos! ¡Había en ella fe, y esperaba el momento de encontrar la salida! ¿Puedes entender eso, mugroso irreverente? -Gritaba María. Se mostraba envuelta en una energía, que a Sebastian llenaría de inquietud. Se había incorporado del asiento y con las cartas elevadas entre las manos, amenazaba en lanzarlas como dagas infernales de incalculable poder. Su humanidad amistosa se había desteñido, y aparecía una fiera desde cuyas fauces comenzaban a brotar espumas dementes. Los hechos comprobaban que había vivido en un mundo de fantasías, mintiéndose como un imbécil. Por fin no había ya espacio para las utopías, que creía hasta esos días. Por fin lograba sentir la ceguera del egoísmo. Su mujer había decidido buscar la ruta que le correspondía. ¡Y quizás, cuánto le había costado ! Se lanzaba a la claridad que daban las certezas, hacia la necesidad de seguir sus propias satisfacciones. ¡Qué le podía reprochar entonces! –Reconocía Sebastian con la vista clavada a los cielos. Sin embargo, pese a la cantidad de tiempo que tomó para ponerse en pie, Sebastian lograría el suficiente realismo, para reconocer que había hecho bien. Había tenido la audacia para romper lo que la insatisfacía, volcando su vida de un sopetón, hacia lo que era su verdadera necesidad. En realidad, Sebastian podía reconocer que seguía siendo la mujer altanera, consecuente, de quien se había enamorado. La encaprichada que podía sostener sus armonías hasta el nivel del dolor. En el texto dejaba en claro que le amaba, y no podía poner en duda sus dichos. Era evidente que poseía la sinceridad para aclarárselo, sin embargo le sacaba de un tirón de su vida, como un brazo engangrenado. ¡Cuán estúpido era! ¡Cuán hondamente de acuerdo estaba con ella! En las mesas de trasnoche, en los lugares sórdidos que frecuentó, en las cantinas abarrotadas de fracasados y perdedores, donde acostumbró el tránsito, fue objeto de burlas y escarnios. Los mesones bañados de alcoholes de tercera categoría, poblados de marginales que aún sostenían la sonrisa entre las dentelladas que daban los días civilizados, fueron los sitios a que Sebastian arrimó el ánimo, para aguantar lo que supuraba de las heridas. Los parroquianos extendieron los vasos desbordados, como en cofradía, y le abarrotaron las venas de formulas químicas, en una solidaridad interesada que solo pretendía amparar, un desquiciamiento que resultaba entretenido. Fue por demás divertido sostener en tales niveles, a quien rodaba por las calles sin que nada importara. A ese que ni comía ni se bañaba, a ese que vagaba ensombrecido hasta que la tarde consumía sus fuerzas, a ese que terminó por dormir donde el sueño le tumbara. El departamento no tardó en ser un cuchitril insalubre, donde los días acumularon basuras e inmundicias. Pronto los servicios estuvieron inutilizados, por todas las deudas acumuladas, y el lugar tocó fondo, como fondo había tocado la esperanza. Las consecuencias no se harían esperar, y con el mismo agradable trato, que siempre le observara, un buen día se presentó el dueño para anunciar la sentencia de desalojos. Ante la puerta explicaron, que por orden de la ley tomarían las cosas que quedaban, y que no había vendido todavía, a cuenta de la amortización de daños y deudas. De ahí en adelante, las sopas aguachentas y los peces grasientos, fueron la rutina a la que Sebastian acostumbró acceder. De las tres camas vacantes, el lecho en alto fue el que María estableció como su residencia, entrando en la parsimonia de unos días que duraban en acabar. De todo el periodo, de semanas, meses y años, sólo conservó chispazos arbitrarios, desconectados entre sí, de lo que fue una época de latencias. Una temporada en que creyó soñar con cortinas de medialuz, botellas brillando entre neones rojos y verdes, zapatos pisoteando los charcos de las calles, ruido de gentes agazapadas en la oscuridad. Tuvo la impresión de una cruenta galería pictórica, que mezclaba dolores de patadas en la mansalva de las noches, con esas agujas que subían por los brazos, y provocaban fríos que galopaban por las espaldas. Fueron tiernas las piernas que besó, en una inconsciencia desvelada, como si besara las tetas de una madre. Fue un hecho que en aquel tiempo no estuvo vivo. Ninguna de las imágenes, surgían de una vivencia fundada en la voluntad, y tan solo les auscultó como un calidoscopio facetado, asomándose entre las grietas de la conciencia. Los ojos de la noche le jalonaron, en el recuerdo de miradas perdidas y pestilentes dormitorios, donde decantaron viajeros con secretos que el tránsito no develó. María se constituyó en el asidero al que se aferraron las garras, cuando la tormenta agitó los estados de razón, como movimientos furiosos de trapo viejo. Desde esa lentilla, los días de Sebastian se transfiguraron en espacios amarillos, verdes, o naranjas, o quizás solo fue el jugo de unos ojos, que no pararon de llorar. En el devenir de los hechos, que cruzaban como saetas, sólo el rostro de la mujercilla surgió como un continuo. Le percibió riendo entre las moscas que revoloteaban sobre la grasa, y riendo entre los surcos que tejía la mantequilla rancia sobre el pan. Le observó riendo junto a las paredes de papel descascarado, y riendo a través de las líneas sucias de los platos. Maria se transformó en un alma siempre presente, juntando sus deditos de tres centímetros, ante la jauría que taladraba en un mar de sonidos como fuego. La cabeza pétrea le pareció como un sol inmanente, alumbrando la planicie con unos ojos que no existían. Sus pies no tocaban suelos de certidumbre, y no se dejaban oír cantos, ni risas, ni palabras atendibles. Como un objeto en la vidriera de un museo, observó el disparo de centellas atravesando el espacio mental, y Sebastian pudo reconocer que había hecho cimiento el dolor entre las capas de la piel. Y guardó silencio, un silencio imperturbable, que se congelaba en los musgos de los techos. Nada le importaba y nada le perturbaba, porque tenía conciencia de que no existía. No estaba allí, tan sólo se trataba de un saber en el vacío. Luego, con una lentitud de glaciar, sus sentidos fueron tomando forma. De una manera atrofiada, fue surgiendo a las alturas del cuerpo, y con la cadencia de los sonidos, avanzaron los colores sobre las formas. Y pudo constatar, encerrado en el asombro, que la Enana María aún estaba allí. No había desplazado un ápice los codos de la mesa, ni habían titilado las pupilas frente a las suyas. Allí estaban, las costras lechosas en las cerámicas del baño, y también las ruinosas maderas, de los muebles desvencijados. Cada día podía ver, que la pequeña Maria correspondía a la rutina de atenderle con vigor, a cuenta de la mejoría que parecía administrar. Estaba radiante, dichosa del logro conseguido, a la manera del médico, que logra arrancar un cliente de los brazos del sepulturero.
Escrito bajo la sombra de un ciprés en agosto de 2002