salasdelcanto
"Todo debe tener sentido..."
miércoles, 20 de octubre de 2010
Anatomía de un fraude.
Por Arthur Koestler
Título original: " Anatomy of a Myth", en The Yogi and the Commissar
and Other Essays. New York : Collier Books, [1961, c1965], pp. 111-122.
Traducido por Alberto Loza Nehmad
"Los tiempos de incredulidad son la cuna de nuevas supersticiones"
--Amiel
Newton escribió no sólo los Principia sino también un tratado sobre la topografía del Infierno. Hasta el día de hoy todos mantenemos creencias que son no sólo incompatibles con los hechos observables sino con los hechos realmente observados por nosotros. Aunque el vapor caliente de la creencia y el bloque de hielo del razonamiento vienen empaquetados juntos en el interior de nuestro cráneo, se tiene como regla que ambos no interactúan: el vapor no se condensa y el hielo no se derrite. La mente humana es básicamente esquizofrénica y está dividida en por lo menos dos planos mutuamente excluyentes. La principal diferencia entre la esquizofrenia "patológica" y la "normal" se encuentra en el carácter aislado del componente irracional en la primera, entendido como opuesto a la irracionalidad colectivamente aceptada de la segunda. Ejemplos típicos de los patrones socialmente aprobados de la división mental son el astrónomo que cree tanto en sus instrumentos como en el dogma cristiano; los sacerdotes capellanes del ejército; el comunista que incluye entre los suyos a los "millonarios proletarios"; el sicoanalista que se casa; el determinista que abusa de sus oponentes. El hombre primitivo sabe que
Arthur Koestler
su ídolo es un pedazo de madera labrada y sin embargo cree en sus poderes para hacer llover. A pesar de que nuestras creencias han pasado por un proceso de gradual refinamiento, ese patrón dual de nuestras mentes permanece básicamente inalterado.
Hay señales de que este dualismo está correlacionado con procesos neuronales específicos. Los recientes avances en la neurología han establecido que el tálamo (el órgano central filogenéticamente más antiguo del cerebro medio) es la sede del sentimiento y la emoción, mientras la corteza cerebral (la cáscara de relativamente recientes hemisferios cerebrales), lo es del pensamiento discriminante ("lógico"). Experimentos en animales y el estudio de ciertos tipos de daños cerebrales durante la última guerra (por ejemplo el síndrome talámico) develaron dos tendencias mutuamente inhibitorias en la reacción ante una situación dada: el tipo de comportamiento "talámico" y el "cortical". El comportamiento talámico está dominado por la emoción; el cortical, por el razonamiento formal. Las creencias irracionales están enraizadas en la emoción; ellas tienen que ser sentidas para ser verdaderas. El hecho de creer puede ser definido como un "saber visceral". El comportamiento regido por la dominación talámica está acompañado del pensamiento afectivo, esto es, del pensamiento que desea o que teme algo; el tipo de pensamiento que podemos encontrar en monos, salvajes y niños, y que está presente en 23 de nuestras 24 horas. El pensamiento cortical, es decir, el pensamiento racional, es una nueva y frágil adquisición que se quiebra a la menor irritación de las vísceras reportada autónomamente al tálamo, el cual, una vez excitado, pasa a dominar la escena.
Durante los últimos cincuenta años, tanto la antropología como la psicología, han llegado a resultados convergentes. Levy-Bruehl probó que la mentalidad de los primitivos es prelógica; las categorías kantianas de espacio, tiempo y causalidad (homogéneos) no existen en la mente primitiva; ésta no está controlada por el razonamiento formal sino por creencias fijas y listas de antemano (pré-liasons collectives). Freud puso en evidencia las raíces afectivas del pensamiento y rastreó sus huellas hasta el Tótem y el Tabú; Jung mostró que ciertas imágenes y creencias arcaicas y arquetípicas son propiedad colectiva de nuestra especie. Inclusive la filología moderna llegó, más o menos independientemente, a los mismos resultados; Ogden y Richards comprobaron el carácter fetichista y emocional de las palabras y de las afirmaciones tautológicas. La ciencia por fin ha alcanzado una etapa lo suficientemente racional como para ser capaz de ver la irracionalidad del funcionamiento normal de la mente.
La ciencia que hasta ahora ha sido la menos afectada por esos avances es la política. La razón en última instancia del fracaso de la Primera, Segunda, Tercera y Cuarta Internacionales y del socialismo internacional en general, es su desinterés en el factor irracional en la mente humana. La doctrina socialista y la propaganda de izquierda permanecen basadas sobre el supuesto de que el hombre es un ser enteramente racional que solo necesita ser convencido por argumentos lógicos, clases vespertinas, panfletos, etc., para reconocer sus propios intereses y actuar acordemente. El subconsciente, la mitad más antigua del cerebro, los arquetipos, el mundo de los sueños, el de las glándulas, el sistema nervioso autónomo, el id -- o sea, el 90 por ciento de lo que constituye al homo sapiens real -- fue todo dejado fuera del cuadro. Aquí se origina la falla total de la izquierda política para analizar, explicar y contrarrestar el fenómeno del fascismo. A esto se debe su autoengañado y superficial optimismo inclusive ahora al borde del precipicio.
II
Esta desventaja básica de la izquierda no puede ser explicada por las desventajas individuales de sus líderes. Sus raíces van mucho más lejos.
Hasta fines del siglo XVIII, los movimientos revolucionarios tenían una base religiosa o al menos fuertes vínculos religiosos. Satisfacían tanto el deseo racional por una mejor vida y el ansia irracional por lo Absoluto. En otras palabras, se trataba de movimientos emocionalmente saturados. La Revolución Francesa produjo un cambio radical.
Aunque la Reforma había atacado al corrupto clero papista en el nombre de Dios, su lucha secular había dejado a la deidad intacta. La Revolución Francesa fue, por el contrario, un ataque frontal no sólo contra el clero sino contra Dios. El intento de Robespierre de proveer un sustituto artificial a través de la "Diosa de la Razón", resultó un fracaso. Afortunadamente, sin embargo, aparecieron otros Absolutos: Liberté - Égalité - Fraternité fue no sólo un mero eslogan sino un fetiche; igual lo fueron la bandera Tricolor francesa y el gorro frigio. En este contexto, la tradición romana--- Cónsules, Patriotas, el nuevo calendario, etc. -- proveyó la mitología del nuevo culto. La Iglesia como vehículo secular de la deidad fue superada por la patrie en el papel de instrumento para la difusión del nuevo evangelio de los Derechos del Hombre. La Declaración de la Independencia estadounidense contiene las palabras: "Nosotros sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales...". En esa frase el énfasis está puesto en las palabras "evidentes por sí mismas", palabras que desencadenan la creencia axiomática para una Revelación que reside más allá del alcance del razonamiento lógico.
Pero el atractivo emocional directo de las nuevas deidades tuvo una corta vida; se desgastó en menos de un siglo, especialmente cuando lo comparamos con los casi dos milenios del mito cristiano. Las razones son obvias. Los mitos y rituales del cristianismo tenían un linaje continuo que, pasando por Judea, Sumeria, Babilonia, se extendía hasta el hombre del neolítico, la magia y el animismo. Sus raíces se situaban en las capas arquetípicas más profundas del inconsciente. Los fundamentos de 1789, por el contrario, eran el resultado del razonamiento consciente. Por un corto tiempo fueron capaces de llenar el inesperado vacío, de servir como ídolos a falta de algo mejor, pero sin ser capaces de personificar lo Absoluto ni de servir como pantalla para que se proyectaran sobre ellos las ansias humanas por el Absoluto. No podían proveer la compensación mística para los sentimientos humanos de inadecuación y frustración cósmicas, para los miedos arcaicos. Esos ídolos no tenían raíces talámicas, eran deidades seculares y artificiales. Los dioses viven en las nubes y en medio de la penumbra; la "mística" de la izquierda, como la llaman los franceses, nació, por el contrario, en medio de la claridad de la Ilustración.
Hacia la mitad del siglo XIX, después de 1848, el nuevo credo había perdido su carácter de fetiche religioso. Los epígonos de la Revolución Francesa -- Proudhon, Fourier, Saint-Simon -- no eran profetas sino más bien tipos excéntricos. No hubo ningún movimiento con un irresistible atractivo emocional para tomar la posta del declinante cristianismo.
Los fundadores del socialismo moderno pensaron que un llamado de esta clase se había vuelto innecesario. La religión era el opio del pueblo y tenía que ser reemplazada por una dieta racional. El rápido avance de todas las ciencias, con el darwinismo marcando el paso, creó una optimista creencia general en la infalibilidad del razonamiento, en un mundo claro, brillante y cristalino con una estructura atómica transparente, sin espacio para las sombras, las penumbras ni los mitos. En esta atmósfera nació el socialismo científico marxiano, en un período en el que las relaciones entre los comportamientos racional y afectivo eran vistas sobremanera como la relación entre jinete y caballo: el jinete representando al pensamiento racional y el caballo a lo que entonces se llamaban los "oscuros instintos" y "la bestia interior". En la actualidad nos hemos puesto más modestos y estamos inclinados a pensar que el Centauro mitológico podría ser una comparación más exacta. Entretanto, sin embargo, se había hecho una tradición en la izquierda el argüir con el jinete mientras se azotaba al caballo.
Los resultados fueron los que uno podría esperar. En el siglo y medio que siguieron a la toma de la Bastilla, un movimiento siguió a otro para luego marchitarse a su vez. El jacobinismo, el fourierismo, el utilitarismo, las Internacionales Primera y Segunda, el owenismo, el sindicalismo, anarquismo, fabianismo, wilsonismo, la Liga de las Naciones, la República de Weimar, la Tercera Internacional, todos ellos ramas del mismo árbol enraizado en la Ilustración, y todos ellos ramas muertas después de una o dos décadas.
Los resultados prácticos de estos movimientos abortivos fueron, a pesar de todo, enormes y no tuvieron paralelo en la historia. Aquellos que se burlan de los progresos obtenidos y los niegan a la ligera, deberían leer en El Capital de Marx su capítulo acerca del trabajo infantil en las fábricas inglesas de principios del siglo XIX, o la historia sobre el motín de Spithead y Nore, o la obra Liza de Lambeth de Maugham. Esos ciento cincuenta años de movimientos profanos trajeron más mejoras en la suerte de la gente común que mil quinientos años de cristiandad. Pero esto se aplica sólo a la realidad material. El reflejo de esta realidad en la mente de la gente fue diferente. Medido por sus objetivos originales, cada uno de estos movimientos progresivos fue un fracaso. Ninguno de ellos había salido a la palestra con la finalidad de lograr los resultados limitados que logró; todos habían comenzado prometiendo con fervor utópico una Edad de Oro. Sus logros concretos fueron más o menos el resultado no deseado de sus fracasos, los restos que los albaceas guardan tras la muerte de un millonario en bancarrota. Así, mientras en la esfera material el efecto acumulativo de los intentos de la izquierda fue una lenta y constante mejora de las condiciones sociales, en la esfera psicológica el efecto acumulativo consistió en sentimientos crecientes de desilusión y frustración. No había nada con qué reemplazar la perdida fe absoluta, la creencia en una realidad superior, en un sistema fijo de valores éticos. El progreso es un mito superficial porque sus raíces no están en el pasado sino en el futuro. Así, la izquierda fue perdiendo progresivamente sus raíces. La savia se estaba secando. En la época en que el laborismo inglés y la socialdemocracia alemana llegaron al poder, ya se les había extinguido toda vitalidad. Las comunicaciones con las capas profundas del inconsciente se hallaban cortadas; el ethos de estos movimientos estaba basado en conceptos puramente racionales; el único recuerdo de la tradición revolucionaria francesa era el cáustico tono volteriano de los debates.
En un Congreso de Escritores Comunistas, después de horas de discursos acerca del bravío mundo en construcción, André Malraux preguntó con impaciencia: "¿Y qué hay con el hombre que es atropellado por un tranvía?". Se encontró con miradas esquivas y no insistió. Hay, sin embargo, una insistente voz interior en cada uno de nosotros. Se nos ha amputado la creencia en la supervivencia personal, en la inmortalidad de un ser individual que amamos y odiamos más íntimamente que nada en la vida y, pese a todo, la cicatriz de tal amputación no ha sanado. Morir en una barricada o como un mártir de la ciencia, es algo que brinda ciertas compensaciones pero, ¿qué hay con el hombre que es atropellado por el tranvía o con el niño que muere ahogado? El hombre gótico tenía una respuesta a estas preguntas. Para él, lo aparentemente accidental era parte de un designio superior. El destino no era ciego. Tormentas, volcanes, inundaciones y plagas se conformaban, todos, a un patrón sutil. Allá arriba alguien se fijaba en uno. Los caníbales, esquimales, hindúes y cristianos, todos ellos tienen una respuesta a esas preguntas fundamentales que, aunque reprimidas, desdeñadas, vergonzosamente escondidas, aún continúan siendo el último y decisivo regulador de nuestras acciones. Así, la única respuesta que Malraux recibió después de un largo e incómodo silencio fue:
"En un perfecto sistema socialista de transporte no habría accidentes".
III
Después de la Primera Guerra Mundial la frustración acumulada explosionó. Descuidadas ansias de fe por tener algo absoluto e incuestionable en qué creer, barrieron toda Europa. Era el retorno de lo reprimido: la corteza cerebral había tenido su oportunidad y había fallado, el tálamo tomaba la revancha. La tormenta eléctrica se descargó de diverso modo dependiendo de las variadas situaciones locales. En algunos países se demoró por los efectos calmantes de la victoria; en otros resonó en una onda de hedonismo, en una bacanal de jazz y cópulas. Los fenómenos históricamente resaltantes en los que se cristalizó el retorno de la fe fueron dos: el fascismo y el mito soviético.
Yo debería enfatizar de una vez que por "mito soviético" no me refiero al desarrollo de los acontecimientos en la Unión Soviética sino a su reflejo psicológico en la izquierda europea. Habré de intentar probar que, como todos los mitos genuinos, éste respondió a ciertos deseos profundos e inconscientes, casi independientemente de la realidad histórica que se suponía debía reflejar; de la misma manera en la que el mito cristiano permanece sin ser afectado por ninguno de los descubrimientos históricos acerca de la real persona de Jesús de Nazareth y sus asociados.
IV
Ni el mito fascista ni el soviético fueron fabricaciones sintéticas; fueron, más bien, el retorno de arquetipos y, por tanto, ambos fueron capaces de absorber no sólo el componente cerebral sino al hombre total: ambos proveyeron saturación emocional.
El mito fascista es claro y no lleva ropajes. Muy abiertamente, el opio es suministrado a las masas por los líderes. Los arquetipos de la sangre y el suelo, el del superhombre matadragones, los de las deidades del Walhalla y de los poderes satánicos de los judíos son convocados para servir a la nación. La mitad del genio de Hitler consistió en tocar las cuerdas precisas del subconsciente. La otra mitad fue su presto eclecticismo, su gusto por los hipermodernos métodos en la economía, la arquitectura, la técnica, la propaganda y la guerra. El secreto del fascismo es el renacimiento de creencias arcaicas en un ambiente ultramoderno. El edificio nazi era un rascacielos con tuberías para agua caliente alimentadas con subterráneas aguas termales de origen volcánico.
Por otro lado, el aprovisionamiento de agua del movimiento socialista consistía de una cisterna en el techo que se esperaba algún día pudiera llenarse con agua de lluvia. La revolución rusa trajo no sólo lluvia sino un aguacero tropical. Súbitamente, los hasta entonces secos grifos de agua comenzaron a chorrear.
Durante los primeros años, pocos, el mito soviético y la realidad rusa fueron bastante congruentes. Era la época heroica en que se generan las leyendas. Detrás del humo había un incendio real.
¡Y qué incendio! El pueblo había tomado el poder y se había mantenido en él sobre un sexto del planeta. La propiedad privada, la búsqueda de la ganancia, los tabúes y las convenciones sexuales fueron abolidos prácticamente de un solo golpe. Ya no había ni ricos ni pobres, siervos ni señores, oficiales ni soldados. El esposo no tenía ya no tenía autoridad sobre su esposa, ni los padres sobre sus hijos ni el maestro sobre el estudiante. La historia del homo sapiens parecía comenzar desde cero. Se oía truenos detrás de las palabras de aquellos decretos inauditos, como la voz del Sinaí que dio los Diez Mandamientos. Quienes oían esas nuevas sentían como si una costra rígida en su interior, las superpuestas capas del escepticismo, la frustración y el resignado sentido común hubieran sido súbitamente quebradas; sentían una explosión emocional de la que no se habían sentido nunca capaces. Algo había sido liberado en ellos, algo tan profundamente reprimido que su existencia misma había pasado desapercibida; una esperanza tan profundamente enterrada que la gente la había olvidado. La Izquierda había venido hablando de la revolución por años, por décadas, por más de un siglo; cuando ésta vino, sin embargo, quienes la habían anunciado quedaron tan aturdidos por el acontecimiento como un cura de pueblo que, después de dar su sermón en una iglesia vacía, oyera desde su curato que la llegada del Reino de los Cielos acababa de ser anunciada por el telégrafo.
En términos de la Izquierda, fue ciertamente una profecía mesiánica hecha realidad. Todas las frases hechas tomadas de los libros: el Gobierno de los Trabajadores y Campesinos, la Expropiación de los Expropiadores, la Dictadura del Proletariado, se habían transformado de seca tinta en sangre. El mito de la Izquierda, como ya vimos, no era algo derivado del pasado sino más bien retroproyectado desde un hipotético futuro. Este futuro se acababa de materializar. Una Utopía sin sangre se había convertido en un país de verdad con gente de verdad; suficientemente remoto en el espacio como para liberar la imaginación; con costumbres pintorescas y canciones nostálgicas para alimentarla. El Progreso, la Justicia y el Socialismo eran abstracciones que no proveían ningún combustible para soñar, ninguna oportunidad para la adoración, el amor y la identificación. Ahora, el movimiento disperso y sin hogar había ganado una Patria, una bandera y la silueta barbada de un padre con brillantes y joviales ojos y un rostro de rasgos de mongol. La épica lucha de un gran pueblo, peleando sus batallas por la libertad y tocando entretanto la balalaica, satisfacía todas las hambreadas emociones de la Izquierda europea, esa solterona centenaria que nunca había conocido el abrazo del Poder.
Así nació o más bien renació el mito soviético, porque Rusia era meramente una nueva ocasión para el reavivamiento de un arquetipo tan viejo como la humanidad. Como sus pasados símbolos, la Edad Dorada, la Tierra de Promisión y el Reino de los Cielos, ésta ofrecía compensaciones gloriosas para una vida de frustraciones y ante la futilidad de la muerte. Aquellos de nosotros que hemos vivido en el movimiento comunista sabemos de qué completa manera el mito soviético satisfacía esta función: no para los rusos sino para los adoradores de fuera.
Un aspecto esencial de este arquetipo es que la satisfacción de esta promesa debería estar precedida por levantamientos violentos: el Juicio Final, la llegada del cometa, etc; de ahí el rechazo instintivo en todo comunista de pura cepa a toda idea reformista acerca de una transición sin problemas hacia el socialismo. El Apocalipsis revolucionario es necesario para satisfacer el patrón de la Venida.
Los poco voluntariosos intentos de los poderes occidentales de sofocar el bolchevismo mediante la intervención militar sólo incrementaron el fervor de los discípulos e invistió a Rusia con un aura de martirio que iría a persistir incluso después de que se convirtiera en el más grande poder militar europeo y se engullera media Polonia y los estados bálticos. "Fuera las manos de Rusia" comenzó como un eslogan político y pronto se transformó en un tabú religioso. De manera similar, las vituperaciones de la prensa reaccionaria llevaron a una extensión del tabú hacia la crítica y el debate. La explicación oficial para esto era que criticar a Rusia, sin importar cuán amistosa y objetivamente se lo hiciera, jugaba a favor de la reacción. Esta era, sin embargo, una mera racionalización de la actitud correspondiente pues incluso en privado, sin reporteros de derecha presente, cualquier pronunciamiento crítico era considerado por los adoradores como una blasfemia y un crimen. La urgencia por defender Rusia se divorció de la realidad y se volvió en la defensa mental de un credo en contra de la intervención extranjera de la duda.
El Progreso había recuperado su religión perdida: La Rusia Soviética devino en el nuevo "Opio del Pueblo".
V
La ola revolucionaria que barrió el continente europeo durante el despertar de la Revolución Rusa, terminó en una serie de derrotas en Alemania, Italia, Hungría, los Balcanes. Desde inicios de los años veinte en adelante, resultó claro que la esperanza de una temprana revolución europea tenía que ser abandonada. Hasta entonces el Estado Soviético había sido considerado la punta de lanza del movimiento revolucionario. Desde entonces, el movimiento se convirtió en la retaguardia del estado soviético. En una serie de episodios trágicos, desde China hasta España, la retaguardia tuvo que actuar como un escuadrón suicida. Los intereses del proletariado mundial se subordinaron a los intereses de la Unión Soviética, y la Internacional Comunista devino en una palanca auxiliar del Ministerio de Relaciones Exteriores ruso. Los cambios abruptos en la línea del Partido en los diferentes países de Europa, no fueron sino los resultados ampliados de las sutiles maniobras de la diplomacia soviética, como los sacudones y saltos de un remolque halado por un camión.
Este proceso fue racionalizado como la doctrina del "Socialismo en un solo país". La Patria del proletariado era el bastión a ser preservado incluso al precio de sacrificar a aquellos que habitaban fuera de ella, es decir, la élite del movimiento revolucionario de Europa. En años ulteriores, supuestamente, después de que el bastión hubiera sido suficientemente fortalecido, el ejército saldría en expedición para liberar los extramuros. El sacrificio de los de fuera era en realidad una inversión de largo plazo que iría a encontrar su gloriosa recompensa a la hora de la verdad. El elemento de la promesa mesiánica se hizo así aún más pronunciado. La retirada de la Rusia soviética de las líneas de la clase obrera europea, incluso la inaccesibilidad de su territorio excepto para peregrinaciones cuidadosamente orquestadas a la Meca, todo esto, ayudó a Rusia a hacerse más remota en el campo de la realidad y a alimentar las fuentes imaginativas del mito.
VI
Los desastrosos resultados de esta política para la Izquierda europea están en los registros de la historia. Sobre toda Europa los partidos comunistas desempeñaron el papel de parteras involuntarias del fascismo. Aquellos de entre los líderes y militantes de base que tuvieron el buen sentido y la valentía de protestar fueron expulsados, asesinados o denunciados a la policía. La estructura bizantina del Comintern reflejaba la estructura de la dictadura soviética; la manera comunista de tratar a los obreros e intelectuales europeos fue modelada siguiendo el modo ruso de manejar a una población semiasiática y prácticamente analfabeta, y fue aplicada con total falta de consideración hacia las condiciones y mentalidad occidentales. Todo esto ha sido expuesto en detalle por críticos del Comintern, desde Trotsky hasta Borkenau. Sus análisis, sin embargo, están confinados al plano político; las razones psicológicas de por qué la mayoría de comunistas y de sus compañeros de viaje fuera de Rusia aceptaron este estado de cosas debe aún ser explicadas.
Las purgas constantes, la monótonamente recurrente excomunión de los líderes populares de ayer, la ausencia de cualquier influencia de las bases sobre la línea del partido, los sacrificios de miles de personas en aventuras sin esperanza, que variaban entre la capitulación con el enemigo y la alianza con él, el retorcimiento de los eslóganes para que signifiquen exactamente lo contrario de lo que decían sus palabras, las indignantes negaciones de las verdades de ayer, una atmósfera de calumnia, denuncias y adoración bizantinas: ¿cómo puede explicarse que millones en Occidente se tragaran todo esto, y que lo hicieran voluntariamente con una disciplina autoimpuesta y sin una Gestapo o una GPU que lo impusieran?
Tal rendición incondicional de las facultades críticas siempre indica la presencia de un factor que es un a priori más allá del razonamiento. Uno estaría tentado de llamar a esto un complejo neurótico si no fuera por el hecho de que el verdadero Creyente (ya sea del mito cristiano o soviético) es, como regla, más feliz y equilibrado que el ateo o el trotskista. Las creencias arquetípicas llevan a la neurosis sólo cuando la duda provoca un conflicto. Para mantener afuera la duda, se establece un sistema de defensas elásticas. Las defensas exteriores las provee el Index Católico, la prohibición de la literatura "trotskista", el evitar el contacto con los herejes y los sospechosos. Estas defensas producen una intolerancia sectaria característica que, viniendo como viene frecuentemente de gente en otros aspectos bienintencionada, se manifiesta en formas sorprendentemente violentas.
Las defensas interiores son inconscientes. Consisten en un tipo de aura mágica que la mente construye alrededor de su apreciada creencia. Los argumentos que penetran el aura mágica no son tratados con la razón sino más bien con un tipo específico de seudorrazonamiento. Las absurdidades y contradicciones que fuera del aura mágica serían rechazadas de plano, son convertidas en aceptables por medio de racionalizaciones especiosas. Cuanto más desarrolladas están las facultades mentales de una persona, más sutiles son los patrones del seudorrazonamiento que ella desarrolla. El escolasticismo, el talmudismo, la alquimia, son sorprendentes por su ingenio y coherencia interna. La magia de los sistemas "talámicos" de razonamiento tienen un tipo de geometría no euclidiana, una curvatura lógica inherente. La curvatura la dan ciertos axiomas y dogmas; en el caso del creyente comunista la fórmula operativa es que una afirmación debe ser "mecánicamente correcta pero dialécticamente falsa".
A medida que crecía la distancia entre el mito y la realidad soviéticos, la curvatura dialéctica en la mente del creyente se hacía más pronunciada, hasta que éste encontraba muy natural ver a Ribbentrop condecorado con la Orden de la Revolución, llamar "proletario"a un millonario y declarar que una mesa era un estanque para patos. Recorrer los primeros párrafos editoriales del Daily Worker de los últimos diez años le hace a uno sentirse como ante Malicia en el país de las maravillas.
VII
Bajo estas circunstancias, casi cada discusión con los mitoadictos, sea ésta pública o privada, está condenada al fracaso. El debate es, desde sus inicios, llevado lejos del nivel de la objetividad; los argumentos no son considerados bajo sus propios méritos sino de acuerdo a si se ajustan o no al sistema o cómo se los puede hacer caber en él. Es un tipo de acercamiento a la realidad similar al del infante que examina cualquier objeto que cae en sus manos desde la perspectiva única de si puede ser comido o no, de si es rico-rico o fuchi-caca. Si, por ejemplo, a uno se le ocurre mencionar que Trotsky creó el Ejército Rojo, no se está afirmando un hecho histórico sino diciendo algo que es fuchi-caca, y uno debe prepararse para la reacción correspondiente.
El elemento efectivo no se manifiesta necesariamente en una agitación externa. El mecanismo de defensa a menudo funciona como una máquina bien aceitada y calibrada. Si éste se encuentra en riesgo de ser identificado, la maquinaria automáticamente cambia para producir preguntas así como argumentos circulares. Así, con frecuencia sucede que el oponente pierde la calma mientras el adicto la mantiene: aparece la superioridad sonriente del fanático y del sacerdote.
El oponente tiene aún otras dificultades que enfrentar. Se siente avergonzado por los aliados indeseables, por la aprobación desde el campo reaccionario y su triunfante "siempre te lo dijimos". Los reaccionarios demostraron estar en lo cierto gracias a sus propias equivocadas razones; mientras, el oponente se siente afín al adicto, quien está equivocado gracias a sus propias buenas razones. Y, al mismo tiempo, el oponente se exaspera con el tonto del adicto, pues nada pone a uno más impaciente que ver a otra persona aferrarse tercamente a los pasados errores; esa es la razón de por qué los adolescentes nos sacan tanto de quicio. En algunos esta exasperación se convierte en odio: la actitud trotskista del amante traicionado que proclama ante todos y cada uno que su amada es una puta, pero que aún echa espuma de rabia ante cada nueva prueba de ello. La pérdida de una ilusión tiene el mismo efecto desequilibrante que una perturbación lujuriosa.
Y, finalmente, está el peligro de deslizarse hasta el otro extremo, la advertencia ejemplar de los Laval y Doriot (colaboradores de los nazis en Francia), ambos antes miembros del Partido Comunista Francés; el temor de resbalar por la pendiente ya pulida gracias los amplios traseros de la larga procesión de idealistas convertidos en traidores. Es un trabajo difícil quedarse en la mitad de esa pendiente, y un trabajo muy solitario además.
VIII
El aura mágica del mito soviético afecta no sólo a los miembros del Partido Comunista sino, de una manera más borrosa, a los socialistas, los liberales, los intelectuales progresistas, a los miembros ilustrados del clero. En las estropeadas décadas de entreguerra, cuando la Izquierda vivía en una atmósfera de constantes derrotas y traiciones, cuando la inflación, el desempleo y el fascismo barrían país tras país, Rusia era la única cosa por la cual vivir y morir. Era la única esperanza en una época sin esperanza, la única promesa para los cansados y desilusionados. Por fuera, la actitud de los "simpatizantes" era más crítica, pero, por dentro, todos ellos estaban afectados por el mito. Sin estar sujetos por los votos de la ortodoxia, los "simpatizantes" podían permitirse algunas herejías e incluso bromas frívolas; sus objeciones críticas no destruían sus creencias pues éstas eran más vagas y, por lo tanto, más elásticas. Había, sin embargo, un meollo sólido e intocable, una fórmula mágica que equivalía a decir algo como "a pesar de todo, Rusia es de verdad, el puntero del futuro, la última esperanza", y así por el estilo. Inclusive, en tiempos de depresión económica, algunos asustados agentes de bolsa e ilustrados hombres de negocios descubrían que "después de todo, debe haber algo en todo eso": tanto como el ateo que en su lecho de muerte acepta la Extrema Unción.
Aunque más vaga y borrosa, esta creencia es tan inconsciente y está tan celosamente almacenada como la doctrina del ortodoxo. Las interpretaciones de los periódicos ingleses New Statesman y Nation acerca del estalinismo muestran todo el ingenio del Apologista oficial, aunque con una curvatura lógica algo más elegante. El simpatizante goza de la visible superioridad del deísta de mente amplia sobre el católico doctrinario; pero las raíces de una creencia son tan irracionales como las otras.
IX
El intento de romper las defensas del adicto trayendo esas raíces irracionales a su conciencia, es prácticamente imposible. Como toda creencia firmemente adherida, es enorme la resistencia inconsciente contra esta operación que amenaza los fundamentos mismos de la creencia. La resistencia misma es racionalizada en el rechazo comunista a la "psicología burguesa", como una "diversión del camino de la lucha de clases"; el psicoanálisis está oficialmente prohibido en la Unión Soviética. La psicología comunista está basada en la noción hipotética de una "conciencia de clase" que supuestamente refleja la posición de una persona en el proceso de producción, lo que nunca ha sido demostrado por un psicólogo en ningún individuo vivo. Así, una creencia axiomática es defendida por el igualmente axiomático rechazo de los medios de analizarla, un proceso que es familiar tanto para los psicoterapeutas como para los historiadores de la Iglesia.
Y como es en el caso de la Iglesia, el proceso de destete depende de dos factores: el gradual remordimiento causado por la siempre creciente distancia entre realidad y mito, y la emergencia de un nuevo credo con un igual poder emocional y en mejor armonía con la realidad.
viernes, 15 de octubre de 2010
Todo tiene sentido...
Si tiene una idea que divulgar, manténgala presente incesantemente. No deje de hablar sobre ella (o de publicarla) sistemática y persistentemente.
Como principio general evite los argumentos. No admita que existe otra parte contraria; y en todos sus enunciados evite escrupulosamente despertar la reflexión o ideas asociadas, excepto aquellas que le sean favorables. Reserve los argumentos para la pequeña clase de personas que se guía por los procesos lógicos...
En todas las formas posibles relacione la idea que se desea divulgar con los deseos reconocidos de la audiencia. Recuerde que en la mayoría de los casos los deseos, más que la lógica, son la base para la aceptación.
Proponga claramente los enunciados y en un lenguaje tal que la audiencia pueda repetirlos en su pensamiento sin necesidad de transformarlos.
Use enunciados directos solamente cuando esté seguro de haber establecido una plataforma de aceptación; de lo contrario utilice enunciados indirectos, insinuaciones e implicaciones. Use los enunciados directos de tal forma que la audiencia se dirija a aceptarlos, pero no lo suficiente para que reflexione sobre ellos.
Para obtener resultados eventualmente permanentes dirija su propaganda a los niños; mézclela con la pedagogía.
Oculte el hecho de que usted es un solicitante particular. Haga que su propaganda aparezca como si emanara de una fuente imparcial. Ubique su material, en lo posible, dentro de las columnas periodísticas, porque son anónimas. Si esto no es posible inclúyalo en el discurso de otra persona (un ministro religioso, un profesor) quien aparecerá sin compromisos y quien se da crédito por su sinceridad. Tanto como sea posible esconda el nombre de los verdaderos interesados en respaldar su campaña
Siempre que sea posible hable en generalidades. La gente puede diferir sobre los detalles de un programa, aun cuando esté de acuerdo con sus objetivos generales
Obtenga adhesión y testimonio de personas que disfruten de respeto general y de sus propios seguidores. Si el bien remunerado Presidente de Amalgamated Widget Corporation o el eminente Senador Sounder dicen que el programa es bueno y que 'debe recabar el apoyo de todos los compatriotas y ciudadanos de recto pensamiento', entonces ¿quién es don 'señor Promedio' para decir que no?
En cuanto sus oponentes ofrezcan un serio reto, despístelos. Traiga a colación algún punto irrelevante que confunda el asunto, algo así como que el líder contrario tiene un tío capitalista, o comunista, o delincuente, o algo semejante y oprobioso ante los ojos de sus seguidores.
Ponga 'pan y circo' ante sus acólitos y olvidarán si sostiene o no un buen punto. Un buen espectáculo es mejor que una buena lógica.
Ataque a su oponente y ridiculice su programa antes que él lo ataque a usted. Póngalo a la defensiva. Sin embargo, nunca de la sensación de estar jugando sucio. Insista siempre que los otros comenzaron si usted cae en alguna falta.
martes, 7 de septiembre de 2010
Winston escribió en 1938 sobre Comunismo.
En un principio el comunismo invoca los preceptos, ya consagrados por el tiempo, de la democracia y el liberalismo para proteger el órgano recién formado. Se enarbolan y afirman la libertad de palabra, el derecho a celebrar reuniones públicas, el derecho constitucional y todas las formas de una lícita agitación política. Se busca la alianza con cualquier movimiento popular de tendencias izquierdistas.
Lo primero es implantar un régimen moderadamente liberal o socialista durante algún período de convulsión. Pero poco después de implantado hay que derrocarlo. Hay que explotar las calamidades y penurias derivadas de la confusión. Se deberán provocar choques, acompañados de ser posible, por el derramamiento de sangre, entre los agentes del nuevo gobierno y los trabajadores. Se fabricarán mártires. Se aprovechará cualquier actitud de mansedumbre de los gobernantes. Tras la máscara de una propaganda pacífica se ocultarán odios jamás vistos antes entre los hombres. Ni será necesario ni se podrán cumplir las promesas hechas. Todo acto de buena voluntad, de tolerancia, de conciliación por parte de los gobiernos o de los estadistas se empleará para labrar su propia ruina.
Entonces, en el momento oportuno y cuando la situación haya madurado, se deberá recurrir a todas las formas de violencia, desde la rebelión de masas hasta el asesinato del particular, sin restricciones y sin remordimientos. Se deberá tomar por asalto la fortaleza enarbolando las banderas de la libertad y la democracia; y una vez que el aparato del poder se halle en manos de la hermandad,se procederá a aplastar con la muerte toda oposición y aún toda disidencia.
La democracia no es más que un instrumento del que se echa mano para luego destruirlo; la libertad no pasa de ser una locura sentimental, indigna de quien se guía por la lógica. Se impondrá a la humanidad según dogmas aprendidos a coro, sin misericordia y para siempre, el dominio absoluto ejercido por una clase "sacerdotal" que se ha designado a sí misma como tal.
Todo eso, expuesto en áridos libros de texto y escrito también con sangre en la historia de varias naciones poderosas, constituye la doctrina y el propósito del comunista.
jueves, 15 de julio de 2010
El brazo de una duende mariano salas
El abrazo de la Duende
Isla Negra 2002
Hubo una larga época que Sebastian estuvo adormecido en la madriguera de una duende, cuyas magias se alzaron oscuras y poco frecuentes. Le descubrió, como quien se maravillaba asomado al socavón de una araña, y quedaba extasiado en el entorno de decorados, y la mirada milenaria que subía de ella. El resto del mundo estaba conectado, y ella se jactaba de permanecer al margen, como una pequeña muñeca de porcelana que hubiera preferido encerrarse en su cuarto de juegos el resto de la eternidad. A su parecer, tendría que recorrer la mitad del planeta para encontrar una mujer parecida. María era regordeta y blanquecina como una cebolla, y sus rasgos se mantenían frescos, rozagantes, sin las risas que explotaban en las caras, ni los anillos que se juntaban en las miradas. Posaba la contemplación algunos minutos y descubría las facciones de veterana redondeada, apenas alzándose sobre el borde de los muebles. Entonces, alcanzaba a distinguir la niña permanente que flotaba en ella. Como si el tiempo no le tuviera entre los súbditos, parecía tolerar el envoltorio razonable para circular por las sombras, con la fórmula propia que seguía el curso de la mínima resistencia. María se negaba a salir del apartamento durante el día, y comentaba sentirse a salvo de toda necesidad, pues podía cumplir las obligaciones de la vida diaria, en los negocios de cierre tardío. Veranos e inviernos se le veía saliendo a las horas de la tarde, enfundada en sus abrigos ocres combinados con pequeños sombreros de colores, como un alma de patitas cortas buscando pasar imperceptible por los hilos de la media-luz. Por obra de una singular filosofía, era seria en aseverar que le repelían las infancias. Una observación de cierta atención le podía revelar viajando a mayor velocidad, solo para evitar un cruce accidental con las señoras de los críos. Ellos seguramente sabían que había perdido la mayoría del pelo, y que adelantaba los sobrantes, arremolinándolos a la manera de una testa normal. Obligada a los besos de rigor, eran los infantes quienes rompían a llorar con rigurosa generosidad. Entonces, en los ojos de María flotaba una brillante mirada, que a poco de clavarla producía una singular alteración en los comportamientos. Sebastian llevaba casi dos años de residencia en aquel tugurio, y lo que alcanzaba a conocer de María, sólo eran las habladurías que rebotaban por allí. Alguna pobre conversación en el ascensor, siempre a punto de atascarse, un comentario al pasar, entre esos seres publicitarios que se llamaban señoras del barrio. El edificio de residencia, un viejo y podrido buque de alguna época de desarrollos, instalado a la fuerza en una zona céntrica y cosmopolita, era solo una verdadera cordillera de escombros albergando una multitud desconocida, una extraña gente que sólo elevaba la voz para avisar de ratones corriendo por los pasillos. No era ninguna sorpresa para quien se preciara de haber dormido dos noches allí, y se trataba de un aspecto tan normal como las paredes descascaradas o los focos quemados por doquier. A dos cuadras estaba el parque que permitía sueños calmos a los cesantes, y todavía entregaba sosiego a cuantos atormentados sentían que la modernidad les pisaba los dedos chicos de los pies. Era el laberinto de corriente tránsito, para quienes pretendían conservar la individualidad, ante los embates monstruosos de la licuadora menta de la modernidad. Atravesando el río, se abría por fin la franja extensa que atrincheraba por las noches a los artistas, a los filósofos, y todo aquel pueblo clandestino de gladiadores desconocidos, que hurgaban todavía en la cueva de la civilización el diamante fresco que se llamaba libertad. En las mesas de trasnoche, el recodo de clientes con apodos raros, Sebastian buscaba ahogar el doloroso incidente que, como una espina clavada en los órganos, se revolvía de manera cotidiana. Aquello que se hacía notar con toda su violenta quietud, en los momentos mas inesperados. La vida placentera que un día difícil le había sacado de una plumada, como a quien una mano portentosa le arrancara el brazo de cuajo. Si hubiese estado en sus manos calcular, en el contexto de días que luego completarían los meses y los años, la pena dulce que se instaló en el lugar en que se ubican los sentimientos, habrían sido diferentes muchas de las conductas que adoptó desde entonces. Fue ese ambiente desaseado y grasiento, aquella cueva nauseabunda de aceites quemados, en que María se deslizaba como una pelota pálida, el lugar monstruoso que aceptó para la espera. Se llegó a sumergir en el fondo de varios años, la época que pudo tener las llaves de un hogar propio, lleno de luz y objetos agradables, donde creyó tener la vida soñada de la mano de una buena mujer. Se trataba por aquellos días, del convencimiento entero, en cada discusión incluso, que había logrado la entrada al sendero de las existencias amables. Su mujer señalaba en cada gesto, que estaba armado entre ellos el puente que fusionaba sus vidas. La más hermosa Colombiana, de cuantas habían trabajado en el periódico, la que había transformado el concepto de diseños, tan hondamente arraigado entre los dueños, se coludía en el propósito de hacerse amables los días, en una decisión que se había dicho inquebrantable. Sus inquietudes eran el deleite de un compañero enamorado, como él sinceramente se declaraba. Ellas tendrían, en definitiva, la responsabilidad de llevarles a las mantecosas puertas de María. La afición de su mujer por conocer oráculos novedosos, consentida por él con un entusiasmo lleno de ingenuidad, hizo de las visitas a casa de la enana un acto continuo, que le llenaría de motivaciones. También se sentiría llano en dar ciertas rondas por sus dominios, a sabiendas que sería allí donde encontraría a su mujer, tras una jornada pesada. Entonces era que daban por terminadas sus conversaciones, y completaban la velada con ponches originales, que María decía preparar para acrecentar la amistad. No fue sino hasta la tercera semana de comenzadas sus reuniones, que dio con la sorpresa de constatar, que ella le había abandonado. Una carta con membrete del periódico, escrita en una letra pulcra de profesional del diseño, daba los suficientes argumentos, de una nueva dirección descubierta para su vida. Sus líneas trasuntaban modos perentorios, que no dejaban lugar a dudas, y declaraban el encuentro de un renovado optimismo, en una faceta que le llevaría a tierras lejanas, tras sus inflamadas expectativas. En la precisión de los dichos, quedaba establecido, que él no estaba incluido. Luego del tránsito odioso en que cayó, luego del reflejo de animal en que rompió, cuanto de bultos y recuerdos se pusieron por delante, luego que las fuerzas comenzaron a faltar, a cuenta de la destrucción que llevó a cabo, de cuanto pequeño detalle les uniera, luego de quizás pasar si diez días tumbado por los suelos, con la sola valentía de descorchar las varias botellas que se jactaba de acumular, tuvo la suficiente pericia de alcanzar las puertas malolientes de María. Largo fue el delirio en el cubículo blando de las borracheras, donde la cabeza se volvía un enjambre de velocidades irracionales, y donde podía repetir línea tras línea, y palabra tras palabra, el manuscrito que le sentenciaba a la soledad. La Enana María invitó a sentarse con la misma trivialidad de los que están en la profundidad de sus intereses, y dio muestras de mirar desde la distancia, el holocausto en que se encontraba sumido. ¡Obra tuya! -le repitió de modo enfermizo con la cabeza hundida entre las manos. Volvería a aparecer cada día, por aquel rincón cochino, y seguiría llorando, mientras la enana iba a la cocina cada vez, y surgía con sus sopas aguachentas y sus tés enrarecidos. Mientras Sebastian repetía enceguecido sus lamentos, Maria volvía al asiento en que las regordetas piernas le colgaban, y continuaba su tejido. Hubo veces que la letanía le perdía sobre el tiempo que transcurría, y levantando los ojos le podía escuchar ronquidos satisfechos, en un sueño a lejana distancia. Se encontraba sumido en sus habituales quejidos, y la cuchara de sopa se encontraba a mitad de camino, cuando todo pareció cambiar. Ambas palmas golpeaban los brazos del sillón, de su garganta surgía una voz áspera, y como si sus ojos hubiesen sido atravesados por un fuego negro, miraba como Sebastian no le había visto a nadie. -¡Basta, basta, llorón flagelante! ¡Basta de una vez! ¡Tu miseria no es responsabilidad mía! ¡Ten respeto por las cartas! ¡Faltaba más, llorón mediocre! ¡Pero qué maldito te has creído que eres, pendejo insolente e ignorante, clavando tus uñas en las cosas que no conoces! ¡Por favor, ten un poco de humildad! ¡No puede haber llegado a ese nivel tu mediocridad, hombre pusilánime y elemental! ¡No he tenido más injerencia en estas cosas, que abrir las puertas de mi casa! ¡Oyes bien! ¡Mi privada casa! ¡Han sido ustedes, quienes han roto mi tranquilidad! ¿Y yo, qué he hecho? ¡Abrirlas de par en par, amistosamente, para desentrañar el misterio, que tenía su propio incubamiento! ¡Tu mujer vino a estos sillones porque debía decidir, y solicitaba comprensión! ¡Pidió respuesta en las cartas, porque creía en sus secretos! ¡Había en ella fe, y esperaba el momento de encontrar la salida! ¿Puedes entender eso, mugroso irreverente? -Gritaba María. Se mostraba envuelta en una energía, que a Sebastian llenaría de inquietud. Se había incorporado del asiento y con las cartas elevadas entre las manos, amenazaba en lanzarlas como dagas infernales de incalculable poder. Su humanidad amistosa se había desteñido, y aparecía una fiera desde cuyas fauces comenzaban a brotar espumas dementes. Los hechos comprobaban que había vivido en un mundo de fantasías, mintiéndose como un imbécil. Por fin no había ya espacio para las utopías, que creía hasta esos días. Por fin lograba sentir la ceguera del egoísmo. Su mujer había decidido buscar la ruta que le correspondía. ¡Y quizás, cuánto le había costado ! Se lanzaba a la claridad que daban las certezas, hacia la necesidad de seguir sus propias satisfacciones. ¡Qué le podía reprochar entonces! –Reconocía Sebastian con la vista clavada a los cielos. Sin embargo, pese a la cantidad de tiempo que tomó para ponerse en pie, Sebastian lograría el suficiente realismo, para reconocer que había hecho bien. Había tenido la audacia para romper lo que la insatisfacía, volcando su vida de un sopetón, hacia lo que era su verdadera necesidad. En realidad, Sebastian podía reconocer que seguía siendo la mujer altanera, consecuente, de quien se había enamorado. La encaprichada que podía sostener sus armonías hasta el nivel del dolor. En el texto dejaba en claro que le amaba, y no podía poner en duda sus dichos. Era evidente que poseía la sinceridad para aclarárselo, sin embargo le sacaba de un tirón de su vida, como un brazo engangrenado. ¡Cuán estúpido era! ¡Cuán hondamente de acuerdo estaba con ella! En las mesas de trasnoche, en los lugares sórdidos que frecuentó, en las cantinas abarrotadas de fracasados y perdedores, donde acostumbró el tránsito, fue objeto de burlas y escarnios. Los mesones bañados de alcoholes de tercera categoría, poblados de marginales que aún sostenían la sonrisa entre las dentelladas que daban los días civilizados, fueron los sitios a que Sebastian arrimó el ánimo, para aguantar lo que supuraba de las heridas. Los parroquianos extendieron los vasos desbordados, como en cofradía, y le abarrotaron las venas de formulas químicas, en una solidaridad interesada que solo pretendía amparar, un desquiciamiento que resultaba entretenido. Fue por demás divertido sostener en tales niveles, a quien rodaba por las calles sin que nada importara. A ese que ni comía ni se bañaba, a ese que vagaba ensombrecido hasta que la tarde consumía sus fuerzas, a ese que terminó por dormir donde el sueño le tumbara. El departamento no tardó en ser un cuchitril insalubre, donde los días acumularon basuras e inmundicias. Pronto los servicios estuvieron inutilizados, por todas las deudas acumuladas, y el lugar tocó fondo, como fondo había tocado la esperanza. Las consecuencias no se harían esperar, y con el mismo agradable trato, que siempre le observara, un buen día se presentó el dueño para anunciar la sentencia de desalojos. Ante la puerta explicaron, que por orden de la ley tomarían las cosas que quedaban, y que no había vendido todavía, a cuenta de la amortización de daños y deudas. De ahí en adelante, las sopas aguachentas y los peces grasientos, fueron la rutina a la que Sebastian acostumbró acceder. De las tres camas vacantes, el lecho en alto fue el que María estableció como su residencia, entrando en la parsimonia de unos días que duraban en acabar. De todo el periodo, de semanas, meses y años, sólo conservó chispazos arbitrarios, desconectados entre sí, de lo que fue una época de latencias. Una temporada en que creyó soñar con cortinas de medialuz, botellas brillando entre neones rojos y verdes, zapatos pisoteando los charcos de las calles, ruido de gentes agazapadas en la oscuridad. Tuvo la impresión de una cruenta galería pictórica, que mezclaba dolores de patadas en la mansalva de las noches, con esas agujas que subían por los brazos, y provocaban fríos que galopaban por las espaldas. Fueron tiernas las piernas que besó, en una inconsciencia desvelada, como si besara las tetas de una madre. Fue un hecho que en aquel tiempo no estuvo vivo. Ninguna de las imágenes, surgían de una vivencia fundada en la voluntad, y tan solo les auscultó como un calidoscopio facetado, asomándose entre las grietas de la conciencia. Los ojos de la noche le jalonaron, en el recuerdo de miradas perdidas y pestilentes dormitorios, donde decantaron viajeros con secretos que el tránsito no develó. María se constituyó en el asidero al que se aferraron las garras, cuando la tormenta agitó los estados de razón, como movimientos furiosos de trapo viejo. Desde esa lentilla, los días de Sebastian se transfiguraron en espacios amarillos, verdes, o naranjas, o quizás solo fue el jugo de unos ojos, que no pararon de llorar. En el devenir de los hechos, que cruzaban como saetas, sólo el rostro de la mujercilla surgió como un continuo. Le percibió riendo entre las moscas que revoloteaban sobre la grasa, y riendo entre los surcos que tejía la mantequilla rancia sobre el pan. Le observó riendo junto a las paredes de papel descascarado, y riendo a través de las líneas sucias de los platos. Maria se transformó en un alma siempre presente, juntando sus deditos de tres centímetros, ante la jauría que taladraba en un mar de sonidos como fuego. La cabeza pétrea le pareció como un sol inmanente, alumbrando la planicie con unos ojos que no existían. Sus pies no tocaban suelos de certidumbre, y no se dejaban oír cantos, ni risas, ni palabras atendibles. Como un objeto en la vidriera de un museo, observó el disparo de centellas atravesando el espacio mental, y Sebastian pudo reconocer que había hecho cimiento el dolor entre las capas de la piel. Y guardó silencio, un silencio imperturbable, que se congelaba en los musgos de los techos. Nada le importaba y nada le perturbaba, porque tenía conciencia de que no existía. No estaba allí, tan sólo se trataba de un saber en el vacío. Luego, con una lentitud de glaciar, sus sentidos fueron tomando forma. De una manera atrofiada, fue surgiendo a las alturas del cuerpo, y con la cadencia de los sonidos, avanzaron los colores sobre las formas. Y pudo constatar, encerrado en el asombro, que la Enana María aún estaba allí. No había desplazado un ápice los codos de la mesa, ni habían titilado las pupilas frente a las suyas. Allí estaban, las costras lechosas en las cerámicas del baño, y también las ruinosas maderas, de los muebles desvencijados. Cada día podía ver, que la pequeña Maria correspondía a la rutina de atenderle con vigor, a cuenta de la mejoría que parecía administrar. Estaba radiante, dichosa del logro conseguido, a la manera del médico, que logra arrancar un cliente de los brazos del sepulturero.
Escrito bajo la sombra de un ciprés en agosto de 2002